Los autos pasan a su lado a toda velocidad
y es como si nadie pudiera verlos. Niños y no tan niños que se agolpan a un
costado de la calle, en busca de vender una estampita o limpiar el parabrisas
de un coche caro. Caritas manchadas y pies descalzos se escurren entre la gente, al tiempo que sus derechos siguen sin ser reconocidos. Miles de conjeturas se
desprenden de bocas inescrupulosas, algunas son ciertas y otras pura falacia.
Mientras tanto, ellos siguen
jugando en las aguas del Parque Independencia, imaginando tal vez que se trata
de una enorme piscina limpia y climatizada. Continúan durmiendo sobre los
bancos de una plaza, en la comodidad de un colchón inexistente y una manta
hecha de hojas. Y los ojos de la gente, persiste en ignorarlos siempre, a menos
que sea el momento de echar culpas o encontrar criminales.
El tiempo pasa y la nada se
vuelve todo para ellos. Nada es lo que tienen, nada es lo que lo logran, nada
es lo que consiguen y nada se hace para ayudarlos. Eternamente en busca de un
trozo de pan, recorren las urbes a un costado del camino, ajenos, al margen.
Anhelando que tal vez un día, alguien quiera rescatarlos.
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