miércoles, 12 de junio de 2013

A un costado de la calle

Los autos pasan a su lado a toda velocidad y es como si nadie pudiera verlos. Niños y no tan niños que se agolpan a un costado de la calle, en busca de vender una estampita o limpiar el parabrisas de un coche caro. Caritas manchadas y pies descalzos se escurren entre la gente, al tiempo que sus derechos siguen sin ser reconocidos. Miles de conjeturas se desprenden de bocas inescrupulosas, algunas son ciertas y otras pura falacia.

Mientras tanto, ellos siguen jugando en las aguas del Parque Independencia, imaginando tal vez que se trata de una enorme piscina limpia y climatizada. Continúan durmiendo sobre los bancos de una plaza, en la comodidad de un colchón inexistente y una manta hecha de hojas. Y los ojos de la gente, persiste en ignorarlos siempre, a menos que sea el momento de echar culpas o encontrar criminales.

El tiempo pasa y la nada se vuelve todo para ellos. Nada es lo que tienen, nada es lo que lo logran, nada es lo que consiguen y nada se hace para ayudarlos. Eternamente en busca de un trozo de pan, recorren las urbes a un costado del camino, ajenos, al margen. Anhelando que tal vez un día, alguien quiera rescatarlos. 

En invierno...

En mi infancia los inviernos no eran como ahora, el frío no me dolía hasta los huesos y la mañana no era una tortura. En mi casa vieja, esa donde también fue niña mi abuela, las estufas siempre estaban encendidas y los días transcurrían entre ovillos de lana y olor a café con leche.

Me acuerdo de mi mamá sentada en la punta de la mesa, tejiendo pulóveres interminables. También me acuerdo de mí, corriendo a su alrededor en pantuflas y pijama. Solía jugar sola, pintar libros de colores y mirar en la tele los dibujitos. Pero cuando me aburría, llegaba la mágica hora de la telaraña.

Mamá había diseñado el ovillo más grande del mundo, con retazos viejos y recortes de lana. Era grueso y de muchos colores. Entonces, cuando la tarde se avecinaba y papá estaba a punto de volver de su trabajo, nosotras, tejíamos la casa. Atábamos la punta del ovillo en un viejo picaporte y lo enredábamos bajo las patas de la mesa, la puerta del baño, las manijas de la cocina. Una, otra y otra vez, hasta cubrirlo todo. 

El resultado era una enorme telaraña que luego se convertiría en el laberinto de obstáculos que papá debería atravesar, para llegar a sus deseados mates con bizcochos. Casi siempre, por la mitad del camino, se caía destruyéndolo todo y perdía. Una pena, porque mamá y yo íbamos al ataque en una guerra de cosquillas en la que era aniquilado.

 En invierno reía constantemente y lejos de la palidez que ahora me caracteriza, desde julio hasta septiembre, mis cachetes siempre estaban colorados. Ese frío de hace tanto, era maravilloso. Lleno de películas en la cama, sopas calientes y medias almidonadas. 

Hoy extraño esos recuerdos, pero los guardo muy profundo en mi memoria. Los repaso con frecuencia, los practico para no olvidarlos. Los escribo en mi alma y los acuno. Hasta  que llegue el día, en que vuelva a tejer la telaraña.