¿Qué pretendemos cuándo mentimos?
¿Por qué lo hacemos? Cuando la mentira se desata detenerla es imposible; comienza
a girar y se hace grande, como si no existiese posibilidad alguna de volver al
principio sin destruirlo todo, sin destruirnos a nosotros mismos. A veces mentimos
para salvar nuestro pellejo, egoístas como siempre, somos seres humanos y preferimos
la falacia de la victoria, a la autenticidad de la derrota. En otras ocasiones
decimos mentir para no herir a los demás, como si en realidad nos importaran.
Lo cierto es que en el fondo, siempre hay razones ferozmente individuales, para
decir una mentira.
Basta con analizarlo un
segundo para poder descubrirlo. Mentimos para zafar, de un castigo, de que no nos echen
del trabajo, de que nos deje el ser amado. Mentimos para mostrarnos exitosos,
felices y superados. Mentimos para evitar la vergüenza, para no dar el brazo a
torcer, para tener siempre la razón. Inventamos, fabricamos realidades que no
existen, falsificamos. Mentimos tanto que al final terminamos por creer
nuestras propias mentiras y pasan a ser certeras, rigen nuestras vidas… son mentiras
verdaderas.

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